México enfrenta una paradoja alimentaria que crece en silencio: millones de personas comen todos los días, pero aun así padecen hambre.
No se trata de falta de alimentos, sino de una nutrición deficiente basada en productos ultraprocesados, exceso de azúcar, grasas y harinas refinadas, mientras el cuerpo carece de hierro, proteína, calcio, vitaminas y minerales esenciales.
Especialistas llaman a este fenómeno “hambre oculta” o “hambre nutricional”, una condición que puede coexistir con obesidad y sobrepeso.
Una persona puede consumir muchas calorías y, al mismo tiempo, estar desnutrida. El resultado es una epidemia de diabetes, hipertensión, enfermedades cardiovasculares, anemia, fatiga crónica y deterioro metabólico.
La Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) revela que más del 75 por ciento de los adultos mexicanos vive con sobrepeso u obesidad, mientras que miles de niños presentan deficiencias de hierro y vitaminas.
El problema se agrava por el aumento del consumo de comida rápida, refrescos y productos industrializados de bajo valor nutricional.
La Organización Panamericana de la Salud y la Secretaría de Salud advierten que uno de los principales focos de alerta es el cansancio constante, caída de cabello, sueño irregular, ansiedad por azúcar, inflamación abdominal y aumento de peso acompañado de mala alimentación. Comer mucho ya no significa comer bien.
La pobreza alimentaria también evolucionó: hoy muchas familias pueden llenar la despensa, pero con alimentos baratos, hipercalóricos y pobres en nutrientes. Esto genera una crisis sanitaria silenciosa que afecta principalmente a niños, mujeres y adultos mayores.
Así se ve el hambre nutricional
Señales de alerta que millones ignoran:
Tener obesidad no significa estar bien nutrido.
Una dieta llena de refrescos puede provocar anemia.
El exceso de comida ultraprocesada genera fatiga y debilidad.
Muchos niños consumen calorías suficientes, pero carecen de hierro y proteína.
El hambre nutricional aumenta riesgo de diabetes y enfermedades del corazón.
Saltarse comidas y después comer en exceso altera el metabolismo.
Dormir mal y vivir con estrés incrementa el consumo de azúcar y comida chatarra.