No fue de un día para otro. Antes de la tragedia en Michoacán, hubo señales: mensajes, videos, aislamiento. Un adolescente de 15 años no solo accedió a un arma, también a espacios digitales donde la frustración se convierte en odio y la violencia se normaliza.
Hoy, parte de esa conversación ocurre en comunidades como las asociadas a los llamados “incels”, donde jóvenes vulnerables encuentran identidad en el resentimiento, particularmente hacia las mujeres. No es un fenómeno lejano ni exclusivo de otros países: está aquí, creciendo en silencio.
El problema no empieza cuando alguien jala el gatillo, empieza mucho antes, en pantallas que nadie regula y en contenidos que nadie supervisa. Mientras discutimos si fue la familia, la escuela o el entorno, dejamos fuera un actor clave: el espacio digital.
En medio de debates políticos como el llamado “Plan B”, donde la conversación pública se centra en el poder y las reglas del juego, los verdaderos problemas sociales siguen sin ocupar el centro. Lo ocurrido en Michoacán nos lastima a todas y todos y debe convertirse en un tema central de discusión para la construcción de política pública; porque mientras sigamos mirando la realidad desde una perspectiva adultocentrista, seguiremos ignorando violencias, riesgos y experiencias que no encajan en esa mirada.