Cuando Judas salió del cenáculo, Jesús dijo: «Ahora, ha sido glorificado el Hijo del hombre y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo y pronto lo glorificará.
Hijitos, todavía estaré un poco con ustedes. Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros como yo los he amado y, por este amor, reconocerán todos que ustedes son mis discípulos».
Reflexión
María, la llena de amor
Por Padre Nicolás Schwizer
Dentro del discurso de despedida en el Evangelio de hoy, Jesús les da, a sus discípulos, el mandamiento nuevo: amarse mutuamente como Él les ha amado. Es como su testamento. Resume, en pocas palabras, todo lo que les ha dicho a lo largo de tres años. La ley judía tenía más de 600 mandamientos. Jesús les impone a los suyos un solo mandamiento: el amor.
Se trata de un amor nuevo porque se fundamenta en otro motivo y se regula por otra medida que el del Antiguo Testamento. El amor judío se basaba en la esperanza de la recompensa, en la igualdad de la sangre, en la necesidad de la convivencia. El amor cristiano se fundamenta simplemente en que Jesús nos ha amado y no tiene otra medida que el modo en que Jesús nos ha amado: es decir, será sin medida.
Este amor no puede brotar solo del hombre. Un hombre no es capaz de amar así. Un amor tan intenso y de tal calidad solo puede venir de lo alto. Es un amor que nos ha sido dado. Es Dios entrando en el hombre, amando en el hombre. Es un amor que, sin Jesús, no sería posible y, ni siquiera, conocido.
Ese amor verdadero es el distintivo, el único distintivo de los cristianos: «La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os améis unos a otros «, nos dice Jesús en el Evangelio de hoy.
San Agustín lo explica con absoluta claridad: «Es la caridad la que distingue a los hijos de Dios de los hijos del diablo. Podrán todos signarse con el signo de la cruz de Cristo, responder todos ‘Amén’, cantar todos ‘aleluya’, hacerse bautizar, entrar en las iglesias, edificar basílicas: los hijos de Dios no se distinguen de los hijos del diablo más que por la caridad. Si te falta esto, todo el resto no te sirve para nada».
La Iglesia es, por eso, una comunidad de miembros unidos entre sí por el amor. Una Iglesia de los que no se aman no es una Iglesia de Cristo. Una Iglesia sin amor sería simplemente una gran mentira, una gran farsa.
Aquí, tal vez, a todos, nos vendría bien hacer un examen de conciencia y preguntarnos: ¿cómo andamos nosotros con el amor a los demás? ¿En qué medida lo vivimos frente a los más cercanos: cónyuge, hijos, hermanos, compañeros? ¿Ellos pueden reconocernos por nuestro amor, como auténticos discípulos del Señor?
El primer título que el Evangelio le asigna a María es el de llena de gracia. Haber hallado gracia ante Dios significa haber sido agraciado por sus dones: por esos dones que Él reparte por pura bondad suya.
Estos dones son, en el fondo, uno solo: su amor. Llena de gracia quiere decir, entonces, llena de amor.
Creo que, a todos, nos haría bien renovar nuestro amor mirando a un modelo atrayente y este modelo podría ser la santísima Virgen.
María es la mujer llena de amor. Su vida comprueba que eso es cierto porque lo que más caracteriza su vida es que Ella vive en plena comunión de amor no solo con Dios, sino también con los hombres. Así, aparece la Virgen desde las primeras escenas del Evangelio. Vive ligada por hondos lazos de amor a personas concretas: a José, a Jesús, a Isabel y Zacarías, a los novios de Caná, a los discípulos de su Hijo. En la Anunciación, esta comunión de amor se extiende a la humanidad entera, pues María acepta ser Madre del Mesías, el Salvador de todos los hombres.